En distintos puntos de Andalucía, vivir bajo tierra no es una rareza del pasado, sino una realidad cotidiana. Las casas cueva siguen formando parte del paisaje urbano y rural de varios municipios, especialmente en el oriente andaluz, donde la geología y la historia han dado lugar a barrios enteros excavados en la roca.
Estas viviendas, asociadas durante siglos a formas humildes de habitación, han encontrado hoy nuevos usos sin perder su carácter residencial. En muchas de ellas se sigue viviendo todo el año, aprovechando una arquitectura popular que mantiene una temperatura estable y una fuerte vinculación con el entorno.
Guadix, el gran referente de las casas cueva
Guadix, en la provincia de Granada, es uno de los nombres más conocidos cuando se habla de pueblos trogloditas en Andalucía. Su barrio de las cuevas se extiende por una zona elevada de la ciudad, con chimeneas blancas que emergen del terreno y fachadas encaladas que apenas dejan intuir la profundidad de las viviendas.
En este entorno, las casas cueva no son solo un atractivo turístico. Muchas permanecen habitadas y forman parte de la vida diaria de sus vecinos. Algunas han sido rehabilitadas con servicios actuales, mientras otras conservan una distribución tradicional, con estancias excavadas directamente en el subsuelo.
“Las casas cueva siguen siendo una forma de vivir ligada al clima, al terreno y a la memoria de muchos pueblos andaluces.”
La singularidad de Guadix reside en la continuidad de este modelo residencial. No se trata únicamente de conservar un paisaje pintoresco, sino de mantener una relación práctica con el territorio, en una zona marcada por contrastes térmicos y materiales blandos que facilitaron la excavación.
El norte de Granada y Almería conservan barrios excavados
Más allá de Guadix, la provincia de Granada reúne otros municipios donde las casas cueva continúan presentes. Localidades como Purullena, Benalúa, Galera o Castilléjar mantienen barrios trogloditas integrados en su trama urbana, con viviendas que se han adaptado progresivamente a las necesidades actuales.
En el altiplano granadino, este tipo de arquitectura aparece vinculada a laderas, barrancos y terrenos arcillosos. La imagen exterior suele ser discreta: una puerta, una fachada encalada, alguna ventana y las características chimeneas que asoman sobre el terreno. En el interior, la sensación térmica es una de sus principales ventajas.
También en la provincia de Almería existen ejemplos destacados, especialmente en zonas interiores donde la relación entre vivienda y paisaje ha estado condicionada por la aridez. En municipios como Cuevas del Almanzora, la propia toponimia recuerda una tradición constructiva muy arraigada, aunque con realidades diversas según cada núcleo y barrio.
Una arquitectura popular que se adapta al presente
Las casas cueva han pasado de estar asociadas a la necesidad a convertirse en un elemento de identidad local. En muchos casos, las rehabilitaciones han permitido mejorar la habitabilidad sin borrar la estructura original, incorporando ventilación, suministros y acabados contemporáneos.
Su atractivo también ha impulsado alojamientos rurales y visitas culturales, aunque el rasgo más relevante sigue siendo la permanencia de vecinos que las utilizan como vivienda habitual. Esa continuidad diferencia a estos pueblos de otros espacios patrimoniales convertidos únicamente en escenarios turísticos.
El interés por las casas cueva conecta además con debates actuales sobre eficiencia energética y adaptación al clima. Su capacidad para conservar temperaturas más estables explica que sigan siendo funcionales en áreas con veranos calurosos e inviernos fríos.
Andalucía conserva así una red de pueblos y barrios donde la vida troglodita no pertenece solo a la historia. Entre chimeneas, laderas blancas y calles excavadas, estas viviendas muestran una manera de habitar el territorio que continúa vigente.

